Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Personajes. Dominga Rivadavia

La primera edición de la novela
de Eduardo Gutiérrez, N. Tommasi, editor, 1900 

Durante mucho tiempo, los que pasaban por la calle del Socorro (Juncal) y Cerrito se persignaban. Algunas viejas se bajaban de la vereda enladrillada. No era para menos, en esa quinta vivía Dominga, la hija natural de Santiago, el hermano maldito de Bernardino Rivadavia y Rivadavia.
La quinta estaba a un tiro de fusil de la costa del Plata, que lamía las toscas húmedas. Y que, un tiempo atrás, mojó la frente mortalmente abierta de Edelmira. Las malas lenguas, que nunca faltan, decían que el golpe lo había asestado su propia madre, Dominga Rivadavia.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Imágenes del cuerpo. Demasiada perfección

Edad de bronce,
Auguste Rodin,
1875/76,
Musée Rodin, París
El soldado
Auguste Neyt
al natural
 Es la derrota empuñecida. A veces hay que inventar palabras. Es lo que hay que hacer ante este hombre desnudo que aprieta los puños como cuando se aprietan los labios para contenerse. Los puños de bronce tiemblan. ¿De qué otra manera expresarlo sino con palabras inventadas?
El vencido (que Auguste Rodin terminó llamando La edad de bronce) se duele de la derrota francesa en la guerra contra Prusia, en 1870. La frustración está toda allí. “El ojo más severo –dice Rainer Maria Rilke- no podría descubrir en esta estatua ningún espacio que fuera menos viviente”. Es perfecta.
Demasiado perfecta. Los académicos recelan. Acusan al escultor de haber vaciado directamente el cuerpo del modelo. No es que nadie lo hiciera, pero era desdoroso si no se hacía con tacto. Y Rodin había provocado el escándalo de la verdad (no de lo real que, es irrepresentable).    
Acosado, fotografió a su modelo, un soldado belga llamado Auguste Neyt. No es tan hermoso. Miren, dice Rodin, ese puño abandonado no es esta mano de dolor de bronce.
No le creen. Los académicos no aceptan ese cambio definitivo en la mirada sobre el cuerpo.
Al final, el astuto Estado francés compró la escultura. Pagó 2.200 francos...el precio del vaciado en bronce. 

lunes, 21 de noviembre de 2011

Personajes

En el telar de la historia está primero la urdimbre, esos hilos tensamente longitudinales, impecablemente paralelos. Después están los otros hilos con los que se entrelazan. Hilos que vienen del golpe del telar, hilos sacudidos, que a veces tienen un grosor desparejo, un teñido algo fallido. Esos hilos son las vidas, terriblemente individuales, de la gente.
Cuando la tela está terminada, los hilos entrecruzados no se notan demasiado. El paño parece liso. Pero allí, secretamente, están los hilos imperfectos, las vidas nunca rectas, nunca paralelas, por momentos deslucidas de la gente. Basta acercar la lupa para ver esa trama íntima.
Esto es lo que vamos a hacer en nuestra nueva sección, Personajes, que se publicará aperiódicamente (no como “Imágenes del cuerpo”, que aparece los miércoles) dentro de poco.
¿Por qué Personajes? Por algunas preguntas que siempre le hice a la vida de los próceres. ¿Manuel Belgrano hubiera sido un economista político si no hubiera querido redimir los chanchullos de su padre Domenico? ¿Bernardino Rivadavia hubiera sido otro si don Benito no lo hubiera arrancado del colegio San Carlos antes de que terminara sus estudios? Quién sabe.
Después hay otras vidas, las vidas de los de la segunda fila, diría Luna, los que no dejaron señal en la tela de la historia. Pero que, en la poquedad de sus vidas, reflejan admirablemente el imaginario social de la época en que vivieron. O en que viven. Porque, como siempre, iremos de allí para acá, del ayer al hoy, en la lanzadera que la historia usa para tramar.