Por qué Historias con Lupa

Si uno le pone una lupa a una tela aparentemente lisa descubre nudos impensados, hilos desparejos antes imperceptibles. Lo mismo pasa con la Historia. Cuando uno la mira con una lente inquisitiva, aparecen las vidas privadas, las mezquindades y los heroísmos y, en el fondo silencioso, los deseos, esos que explican de verdad las conductas. Esto queremos aquí: mostrar las historias con minúscula, los hilos imperfectos pero espléndidos que forman el tejido de la Historia con mayúscula.

Pero hay también otro modo. Una historia, esta vez de lo más íntimo, el cuerpo, escrita con imágenes. Para eso hay que ir a www.imagenesdelcuerpo.blogspot.com.

viernes, 1 de mayo de 2015

El primer primero




Más o menos así se veía la Recoleta cuando se celebró allí 
el 1° de Mayo de 1890.
Los anarquistas, poco amigos de los socialistas, no salieron contentos. 
Para el periódico “comunista anárquico”  El Perseguido el mitin fue “una 
especie de academia políglota,  resplandeciente de policías socialistas 
matriculados con una  cinta roja en el abrigo”.

Fueron llegando al borde de aquella tarde otoñal y lluviosa. Muchos venían desde Plaza de Mayo en los tranvías (todavía a caballo) que recorrían la antigua Calle Larga (avenida Quintana). Eran tipógrafos, carpinteros, sombrereros, cigarreros de hoja.
Seguro que Amable Laván se había quedado en casa. Un traidor. No porque ahora fuera patrón, que al fin y al cabo cada uno prospera como puede. Pero hasta como patrón era desleal. Maestro de pala, había puesto una panadería con su hermano en Uruguay y Viamonte. Todo iba bien hasta que sus pocos trabajadores le pidieron un peso por comida cuando antes se arreglaban con ochenta centavos. Convinieron noventa, pero don Amable, que no lo era tanto, despidió a algunos como revancha. Y eso que había sido tesorero de la anarquista Sociedad de Resistencia de Obreros Panaderos.
Lo cierto es que los panaderos fueron al mitin sin Amable Laván. La reunión se haría en El Prado Español, un amplio local abierto en la avenida Quintana, enfrente al cementerio (donde hoy está La Biela). Eran, quién sabe, unos dos mil trabajadores. Muchos, si se piensa que los patrones amenazaron con despedirlos si pisaban la Recoleta.
Era el 121° día de 1890. Hacía cuatro años se había iniciado la huelga en demanda de ocho horas que terminaría en la ejecución de los llamados Mártires de Chicago. La celebración del 1° de Mayo en todos los países había sido dispuesta por el Congrès International Ouvrier Socialiste, que sesionó en julio de 1889 en París y que fundó la Segunda Internacional.
Al Congreso había asistido, casi por casualidad, el difusamente socialista Alexis Peyret. Ocurre que había sido comisionado por Juárez Celman para estudiar la maquinaria agrícola que se expondría en la Exposición Universal de París, cuyo símbolo era la Torre Eiffel. Aprovechó la volada y se corrió a la convención obrera. Al retirarse, firmó las actas “pour les groupes socialistes de Buenos Aires”.
El Verein Vorwärts, un club socialista formado por alemanes, había mandado un informe sobre el socialismo en la Argentina y le había pedido a Wilhelm Liebknecht, uno de los compinches de Marx en Londres, que lo representase.
Así fue cómo llegó a Buenos Aires la consigna del día de descanso el 1° de Mayo en demanda de la jornada de trabajo limitada a las ocho horas. Pocos de los que concurrieron a El Prado Español conocían esos pormenores. El mitin se abrió a las tres de la tarde. Hubo catorce oradores que hablaron en español, francés, alemán e italiano. Cuando no entendían el idioma, los asistentes charlaban entre ellos. Los anarquistas de la Sociedad de Obreros Panaderos se burlaban de los milicos que custodiaban discretamente la reunión; eran ellos los que habían bautizado “vigilantes” a esas facturas alargadas y también “bolas de fraile o suspiros de monja” a aquellas dulces berlinesas, mofándose de la Iglesia.
La asamblea terminó entrada la noche. Los obreros se desconcentraron en orden. Y la burguesía respiró aliviada. Había pasado el miedo -como había expresado días antes La Nación- de que ““el ejército fraternice con los socialistas en lugar de hacer fuego contra ellos”. Los burgueses temían que el fantasma del comunismo recorriera la Argentina. Lo temieron durante mucho tiempo.

Nuestra divisa es la de los malhechores